Es éste el pretendido título de un programa mezquino y denigrante en las sobremesas del primer canal de la televisión pública. Un espacio que eleva a virtud la caridad, escondiéndola (manipulada) bajo la mucho más generosa solidaridad, y apelando a un sentimentalismo vacuo y sensacionalista. Un engendro que pone de manifiesto que es lo que entienden por servicio público los actuales burócratas del ente audiovisual, más preocupados por sostener la propaganda del régimen y su actual discurso del espejismo económico de la recuperación. No es casual que el colectivo de trabajadores sociales se haya opuesto rotundamente a participar en este esperpento y pida su retirada:
El Consejo General del Trabajo Social no se opone a la solidaridad, a que los ciudadanos contribuyamos con nuestras acciones cotidianas a ayudarnos entre nosotros. Pero esa ayuda nunca debe sustituir el sistema público de protección social, como está ocurriendo. Desde hace ya más de un año, los y las trabajadoras sociales estamos denunciando un desmantelamiento orquestado del Estado de Bienestar, que se ha acelerado en los últimos meses. Los recortes y eliminación de las partidas sociales en los presupuestos (como el plan concertado), el endurecimiento de los requisitos para obtener ayudas y los cambios legislativos aplicados (muy patentes en la Ley de Dependencia) y los que están en trámite parlamentario (la reforma de la Administración Local eliminará los servicios sociales municipales) son algunos ejemplos. En su lugar, el Gobierno está ejecutando una campaña, de hechos y mediática, para justificar el sistema de beneficencia preconstitucional, que con tanto esfuerzo se superó
Si éste es el camino a seguir, ¿para qué queremos al Estado? Si el mensaje que lanzan -y la estrategia que lo ejecuta- es búscate la vida, ¿por qué seguir manteniendo parásitos e intermediarios? Cada día está más claro que no necesitamos en absoluto a la casta que nos (des)gobierna, que somos muchos más y podemos organizarnos sin ellos en lo común. Sí, entre todos, sin ellos, podemos hacerlo. Si los delitos de la cleptocracia prescriben o no se pueden demostrar (porque se destruyen), si sus jefes son insaciables o los favores son de alto copete (porque el agujero negro es enorme), si el austericidio nos arrastrará a la absoluta pobreza prácticamente a la mitad de la población o la solución pasa por las recomendaciones de la ONG del canibalismo del capital, si pagar por cagar va a convertirse en una experiencia única por tener un valor añadido o morirse puede ser una traca de fuegos artificiales, si es más indignante que le roben un partido al Elche o nos levanten los Juegos del Hambre que el nuevo copago a los enfermos crónicos, si tragar y tragar y tragar parece ser la única senda, ¿de verdad hay que seguir derrotados y obedeciendo?
La lógica neoliberal lleva generaciones aplastando conciencias, inserta ya en el gen cultural humano, ese que circunscribe todo y a todos en mercancía. Una convención mental de valor de uso y cambio mucho más poderoso que cualquier ejército de ocupación. El capitalismo sigue triunfando. O no:
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